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Parroquia La Sagrada Familia Valencia

IGLESIA DE CARNE

IGLESIA DE CARNE

Vivir en Roma, aún más, ser sacerdote en Roma, quiero decir ejercer el ministerio aquí, te da una visión muy particular de la Iglesia Católica. Se percibe su universalidad porque aquí se dan cita católicos de los cinco continentes; también la enorme variedad de sus carismas en los incontables institutos de vida consagrada viejos y nuevos; sin duda la riqueza y al mismo tiempo la complejidad de su bimilenaria historia, reflejada en la grandeza y belleza de las grandes basílicas, de las numerosísimas iglesias, en todas las expresiones del arte cristiano presentes en todos los rincones de la ciudad. Se palpa de modo elocuente la parte “material y humana” de la Iglesia y se vislumbra su grandeza sobrenatural. Es como un ser humano: carne y espíritu. La carne con todas sus bellezas y fragilidades, el espíritu, en este caso el Espíritu Santo, realizando de modo escondido y eficaz su labor santificadora.

Sí, en Roma se siente “la Iglesia de carne” con todas sus limitaciones humanas. Es cierto, dentro de los muros del Vaticano se mueven las pasiones humanas, las envidias y ambiciones, las rencillas y rencores, el poder del dinero y del prestigio, el deseo insaciable de dignidades y honores. Y cuando salen a la luz pública estas flaquezas, algunos se alegran de encontrar una razón más para desconfiar de la Iglesia, otros se lamentan de las llagas de la que consideran madre, no pocos se escandalizan y se sienten decepcionados.

Sin embargo, no hay de qué asustarse, es natural que sea así. Entiéndase bien, es antinatural porque no hay nada más antinatural que el pecado, pero sucede desde que Eva mordió la fruta y se la ofreció a Adán. Yo sé que no debería ocurrir, que tantas cosas se pueden cambiar, que entre los que mandan en la Iglesia debería cundir el buen ejemplo, que el escándalo hace mucho daño, que Jesús nos ha mandado vivir unidos y amarnos, pero la Iglesia continuará siendo de carne como lo ha sido siempre.

Los doce apóstoles de Jesús eran de carne. Uno lo traicionó y lo entregó a la muerte, otro lo negó tres veces, los demás huyeron y lo dejaron solo. Solamente el discípulo amado, Juan, aunque se escapó en el huerto, volvió después para estar junto a la Madre María al pie de la cruz. También en la primitiva Iglesia había tensiones y disputas. S. Pablo se enfrentó a los judaizantes, discutió con Marcos, reprendió a Simón Pedro. La comunidad de Corinto no era muy ejemplar si leemos detenidamente las cartas del apóstol. En fin, iglesia de carne y hueso.

Pero no hay que obsesionarse mirando hacia el Vaticano. También en cada parroquia hay incomprensiones y rencillas y entre los sacerdotes de tantas diócesis. Somos siempre demasiado humanos y deberíamos ser más espirituales… Y los que más se lamentan de los males en la Iglesia son los primeros que, no sólo están llenos de corruptelas, sino que hasta las promueven. Eso es lo que hace la diferencia: que la Iglesia promueve la santidad y se lamenta de que falta dentro; otros hacen el mal, presumen de hacerlo y lo promueven todo lo que pueden.  

Vivir en Roma, aún más, ser sacerdote en Roma, quiero decir ejercer el ministerio aquí, te da una visión muy particular de la Iglesia Católica. Se percibe su universalidad porque aquí se dan cita católicos de los cinco continentes; también la enorme variedad de sus carismas en los incontables institutos de vida consagrada viejos y nuevos; sin duda la riqueza y al mismo tiempo la complejidad de su bimilenaria historia, reflejada en la grandeza y belleza de las grandes basílicas, de las numerosísimas iglesias, en todas las expresiones del arte cristiano presentes en todos los rincones de la ciudad. Se palpa de modo elocuente la parte “material y humana” de la Iglesia y se vislumbra su grandeza sobrenatural. Es como un ser humano: carne y espíritu. La carne con todas sus bellezas y fragilidades, el espíritu, en este caso el Espíritu Santo, realizando de modo escondido y eficaz su labor santificadora.

Sí, en Roma se siente “la Iglesia de carne” con todas sus limitaciones humanas. Es cierto, dentro de los muros del Vaticano se mueven las pasiones humanas, las envidias y ambiciones, las rencillas y rencores, el poder del dinero y del prestigio, el deseo insaciable de dignidades y honores. Y cuando salen a la luz pública estas flaquezas, algunos se alegran de encontrar una razón más para desconfiar de la Iglesia, otros se lamentan de las llagas de la que consideran madre, no pocos se escandalizan y se sienten decepcionados.

Sin embargo, no hay de qué asustarse, es natural que sea así. Entiéndase bien, es antinatural porque no hay nada más antinatural que el pecado, pero sucede desde que Eva mordió la fruta y se la ofreció a Adán. Yo sé que no debería ocurrir, que tantas cosas se pueden cambiar, que entre los que mandan en la Iglesia debería cundir el buen ejemplo, que el escándalo hace mucho daño, que Jesús nos ha mandado vivir unidos y amarnos, pero la Iglesia continuará siendo de carne como lo ha sido siempre.

Los doce apóstoles de Jesús eran de carne. Uno lo traicionó y lo entregó a la muerte, otro lo negó tres veces, los demás huyeron y lo dejaron solo. Solamente el discípulo amado, Juan, aunque se escapó en el huerto, volvió después para estar junto a la Madre María al pie de la cruz. También en la primitiva Iglesia había tensiones y disputas. S. Pablo se enfrentó a los judaizantes, discutió con Marcos, reprendió a Simón Pedro. La comunidad de Corinto no era muy ejemplar si leemos detenidamente las cartas del apóstol. En fin, iglesia de carne y hueso.

Pero no hay que obsesionarse mirando hacia el Vaticano. También en cada parroquia hay incomprensiones y rencillas y entre los sacerdotes de tantas diócesis. Somos siempre demasiado humanos y deberíamos ser más espirituales… Y los que más se lamentan de los males en la Iglesia son los primeros que, no sólo están llenos de corruptelas, sino que hasta las promueven. Eso es lo que hace la diferencia: que la Iglesia promueve la santidad y se lamenta de que falta dentro; otros hacen el mal, presumen de hacerlo y lo promueven todo lo que pueden.

Pbro. Roberto Visier, ST

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